How to fix the future

How to fix the future

Andrew Keen, autor británico denominado por algunos el “anticristo de Silicon Valley” por llevar décadas criticando ferozmente el ‘tecno-optimismo’ de ese ecosistema empresarial, enfoca su último libro con un tono más positivo del que nos tiene acostumbrados y explora diversas propuestas para solucionar los retos que nos plantea el mundo digital.

Una de las tesis principales de este libro es que otros momentos de la Historia, como la Revolución Industrial, nos han enseñado que los cambios tecnológicos deben venir seguidos de adaptaciones en la manera en que se organiza la sociedad para evitar efectos no deseados. En concreto, identifica cinco grandes métodos que han funcionado en ocasiones anteriores: la regulación, la innovación competitiva, la responsabilidad social, la presión de trabajadores y/o consumidores y la educación.

Keen nos dibuja ese nuevo “mapa de las soluciones” que empieza a coger forma a medida que en distintos lugares del mundo, y a través de protagonistas individuales, se recurre de nuevo a estos métodos para evitar que la actual revolución digital se convierta en una distopía.

¿Qué es lo que está roto?

En uno de los primeros capítulos el autor saca de nuevo su lado más crítico para repasar los desajustes de nuestro nuevo mundo digital, como la concentración de poder en las cinco grandes compañías de Silicon Valley (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), el fenómeno de las fake news, la pérdida de confianza en las instituciones a nivel mundial, la adicción a las herramientas digitales o la exclusión de una gran parte de la población mundial de esta nueva economía.

A lo largo del resto del libro el autor nos relata sus entrevistas con distintas personas que, desde los lugares más insospechados, están liderando propuestas para construir una mejor sociedad digital.

El papel de los gobiernos

Un caso es el de Estonia, el primer país que ofrece una “e-residencia” y que está colocando la identidad digital y la confianza en el centro de un nuevo “contrato social”. En este país de reciente creación y antigua república soviética, con un elevado nivel de digitalización (el 91% de los ciudadanos usan Internet y las escuelas tienen un programa obligatorio de “competencia digital”), la implantación de una tarjeta universal de identidad digital es la piedra angular de un sistema que otorga la propiedad de los datos a los ciudadanos hasta el punto de que estos son notificados cada vez que las autoridades los consultan. Esta propiedad de los datos también implica mayor transparencia y responsabilidad por parte de los ciudadanos que usan su identificación, por ejemplo, para comentar las noticias en los periódicos, terminando con el anonimato que a veces alimenta comportamientos no deseables. El objetivo de alcanzar los diez millones de e-residentes en 2025 (ocho veces el actual número de habitantes de Estonia) plantea según sus dirigentes la necesidad de redefinir incluso el propio concepto de país.

Otro ejemplo de país explorando alternativas es Singapur, que con su plan Smart Nation pretende transformar esta pequeña isla-estado en lo que uno de sus ministros llama “un laboratorio viviente” utilizando para ello un número enorme de sensores y cámaras con el objetivo de “conectarlo todo”. Singapur ya está recogiendo los frutos de esta alta digitalización: tiene una tasa de desempleo del 2%, es el tercer país del mundo en renta per capita y está entre los cinco primeros países en cuanto a confianza en las instituciones, según el Edelman Trust Barometer. Aunque Andrew Keen tiene presentes los antecedentes autoritarios de su gobierno y advierte que Singapur puede esconder bajo la apariencia de una utopía el riesgo de derivar en una distopía.

Otro ejemplo muy distinto es el de la lucha por regular el mundo digital, liderada por personas como Margrete Vestager, Comisionada Europea de la Competencia, que se ha hecho famosa por sus pleitos contra los gigantes tecnológicos, como la multa de más de 2.400 millones de euros a Google por abusar de su posición dominante en el mercado o los más de 13.000 millones reclamados a Apple en pago de impuestos. Estos ejemplos recuerdan a Keen casos anteriores donde la regulación ha venido a corregir al mercado, como sucedió en su momento con el sector del automóvil o la alimentación y a su vez apuntan a una “tercera ola” de innovación en la que los gobiernos desempeñarán un papel mucho más central.

Innovación desde la propia industria

En otros casos la propia presión competitiva de la industria digital hace que surjan propuestas que pueden significar un cambio de rumbo. Keen entrevista a los creadores de algunas de ellas, como el bloqueador de publicidad Adblock Plus o el buscador Cliqz, que incorpora “privacidad por diseño”, que pueden representar una amenaza para el modelo de negocio predominante basado en gratuidad de los servicios a cambio de publicidad, como es el de Google.

No obstante, huyendo de posiciones maniqueas, el autor reconoce el doble papel que juegan las grandes personalidades del sector como Gates, Bezos, Zuckerberg, o los hermanos Brin, creadores de muchas de las disonancias actuales pero también “super- ciudadanos” que, con sus donaciones o proyectos de responsabilidad social, contribuyen a construir un mejor futuro.

El rol de trabajadores y consumidores

Una de las mejores herramientas para cambiar las cosas siempre ha sido la presión de consumidores o trabajadores. El libro repasa casos actuales: artistas, como Taylor Swift, que se opusieron a las políticas de copyright de Youtube, o la “huelga de anunciantes” que hizo que muchas compañías retiraran su publicidad de Google porque sus anuncios aparecían junto a videos racistas u otro tipo de contenido inapropiado. Estos y otros casos forzaron a los gigantes tecnológicos a incluir mejoras en sus sistemas, obligándoles a lo que Keen denomina “hacerse adultos”: asumir su responsabilidad sobre los efectos que pueden provocar en la sociedad.

Respecto al mundo del trabajo Keen entrevista a Shannon Liss-Riordan, que ha liderado en EE.UU. la lucha contra el trato que reciben los trabajadores en las empresas de “economía colaborativa’” como Uber. En esta misma compañía, en Nueva York, 5.000 conductores formaron un “gremio independiente” para defender sus derechos, consiguiendo, entre otras cosas, la inclusión de una opción en la aplicación que permite dejar propina al conductor.

El futuro está en las nuevas generaciones

Al final del libro, con una mirada más a futuro, Keen se imagina una utopía digital en que la automatización liberará a los individuos de la esclavitud de trabajos sin sentido para permitirles desarrollarse plenamente como personas. Tras repasar propuestas para conseguir el tiempo necesario para formarse y entrevistar a impulsores de la Renta Básica, el autor reconoce el gran reto de reformar en profundidad la educación para potenciar las habilidades en la que los “humanos son especialmente buenos”. Sobre esto, más allá de las soluciones que apuestan simplemente por “más tecnología”, Keen analiza modelos alternativos como los de las escuelas Montessori o Waldorf.

El autor concluye con una reflexión en la que reconoce que las propuestas revisadas en el libro no son en absoluto perfectas, y que corresponderá a las nuevas generaciones encontrar el camino. De la misma manera que la juventud de los años 60 reaccionó contra el consumismo de su tiempo, Keen sospecha que estamos cerca de una “rebelión” protagonizada por la juventud de nuestro tiempo, como ya está sucediendo con la “venganza analógica” que muchos “nativos digitales” están acometiendo al volver a los blocs de notas de papel y a los discos de vinilo.

Referencia

Keen, Andrew (2018). How to fix the Future. Staying Human in the Digital Age. Atlantic Books, London

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